La mujer de rojo

Desde el punto de vista de la dramaturgia, no podemos dejar de señalar la necesidad de engarzar todo el material textual reseñado anteriormente. En este sentido, la búsqueda de la continuidad en el desarrollo de las diferentes acciones escénicas ha sido no sólo una constante, sino el hilo conductor de la propuesta dramatúrgica y del espectáculo en su resolución escénica. Con esta intención se encargó un texto a Miguel Murillo. Un texto: La mujer de Rojo, que es capaz de sintetizar la intención de la propuesta escénica y al mismo tiempo de redondearla. La mujer de rojo, ejerce un papel de demiúrga. Desde su llegada al teatro -espacio por antonomasia de la ficción- su presencia marca el devenir de la acción, señala los tránsitos, las presencias y las ausencias de los personajes. Con la promesa del reencuentro, su marcha anticipa el fin de la ficción, pero a la vez un nuevo comienzo.

Antes de finalizar con este somero análisis de la propuesta dramatúrgica, y antes de centrarnos en el análisis de la resolución y construcción del espacio escénico. Debemos constatar, que para la consecución de la continuidad antes aludida se ha creado una dramaturgia paralela de la acción y de la iluminación. Con la ayuda de la luz y de acciones físicas, casi coreografiadas, se han evitado los oscuros. De este modo, las transiciones entre escenas de la primera parte, se han producido siempre a vista del público. En la segunda parte, sin embargo, la presencia constante de las figuras de los personajes -casi como espectros, fuera de foco de la acción principal- ha ayudado al mantenimiento de la fluidez narrativa que el espectáculo buscaba. En cualquiera de los dos casos, las luces y sombras y  las acciones y presencias escénicas, generaban una poética visual que se ha pretendido adecuar y enmarcar en la poética propia de toda la función.

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